INFANCIA CUEVA DE MIEDOS - ©MANUEL PEÑAFIEL, FOTÓGRAFO, ESCRITOR Y DOCUMENTALISTA MEXICANO.
Infancia cueva de miedos…cenizas de luz
©Manuel Peñafiel, fotógrafo, escritor y documentalista mexicano.
Debido a que mi mamá se hallaba indispuesta, el día anterior a mi primera comunión mi tía Graciela me llevó a la iglesia de San Cayetano, antaño ubicada en la calle de Cienfuegos de la colonia Lindavista; para que en dicho recinto confesara mis “ pecados ”. Su sobrepeso hacía resonar los tacones altos de sus zapatos sobre el lujoso piso de aquel templo. Mi tía tímidamente tocó a la puerta de la sacristía, de donde salió el sombrío sacerdote Antonio Sagrera con labios brillosos por la grasa de lo que comía. Mi tía le dio un billete pidiéndole sumisamente que escuchara mi confesión. Con la manga de la sotana aquel clérigo se limpió la boca y volvió al interior de la sacristía para colocarse la estola, volvió de su madriguera y apáticamente me indicó que lo siguiera. En previas ocasiones, yo había observado como se llevaba a cabo dicha confesión; el sacerdote intermediario de Dios se sentaba dentro de un cubículo de madera llamado confesionario, parecido en forma y dimensiones a una cabina telefónica, afuera la gente se arrodillaba para declarar sus faltas a través de una ventanita por donde el clérigo escuchaba dormitando. Me arrodillé frente al confesionario, tal como había visto que lo hacían los feligreses, para mi desconcierto el mañoso sacerdote Sagrera abrió la puerta del confesionario jalándome junto con él al interior. Apretados como estábamos, me sentó sobre sus huesudas piernas. Me abrazó poniéndome su cara junto a la mía, su mal aliento trepaba por mis orificios nasales igual que apestosas y densas culebras que se retorcían en mi estómago. Su pastosa voz enmoheció mis oídos cuando me espetó a que le dijera mis pecados. Traté de concentrarme, pero aquel áspero rostro irritaba mi mejilla. Sus brazos me acaloraban apretándome con intenciones perversas. No me atreví a salir corriendo por temor a que me regañaran. Deseaba terminar con aquella tortuosa confesión. Aquel sacerdote católico, me exigió jadeando: Háblame de tus malos pensamientos. Fue entonces que comenzó a acariciar mis muslos, la tarántula de sus dedos trató de bajar la cremallera de mi pantalón, instintivamente me puse de pie, y tras breve forcejeo logré escapar ileso.
Mi tía me esperaba rumiando en una de las bancas traseras de la iglesia, desde donde me preguntó si había cumplido con mi confesión, irritado y aturdido me ahogó el silencio. Sentí rabia, quién no había cumplido era aquel oscuro individuo con aliento a ajo, pero como muchas otras veces en mi infancia, fui incapaz de relatar mis vivencias por temor a mi distante autoritario padre, que frecuentemente me amonestaba descalificándome, bien sabía yo que si lo enteraba de lo que me había ocurrido, inmediatamente amonestaría a mi madre por enviarme con sus “ curitas ”. Y a mi mamá tampoco le platiqué mi percance, debido a que ella hallaba consuelo en su desdichado matrimonio rezándole a su Dios, así que evité desmoronarle su fe. Salí de la iglesia sintiéndome incompleto, humillado y traicionado por aquella religión; dicha experiencia fue hiriente, sin embargo, desde mi temprana infancia comprendí que la libertad es candente refulgente trofeo, obtenido dolorosamente; de tal manera me despojé de cualquier superstición religiosa. Desprecié a todos los desviados predicadores de las variaciones cristianas que han reeditado la mitología bíblica, empeñados en mortificar el estado natural del ser humano, inculcándole miedos y chantajes incrustando sumisión en su endeble mente para lucrar con sus amenazas. Aquella noche, previa a mi Primera Comunión afiebrado mal dormí. Di innumerables vueltas en la cama. ¿ Acaso sería castigado por comulgar sin haberme confesado ? ¿ Dentro de la hostia estaba realmente el cuerpo de Jesucristo ? En la escuela primaria los neuróticos frailes del Colegio Tepeyac nos azotaban ante la menor falta, lo mismo hacían las frustadas religiosas. Durante el adoctrinamiento con el catecismo, algunas monjas con sobrepeso y otras con los pechos aplastados por absurda renunciación a su anatomía femenina, nos advertían que no debíamos masticar la eucaristía, sino tragarla entera para no lastimar a Jesús con las mordidas. ¿ Era posible el portento de poder engullir al hijo del Creador, el primogénito del mismísimo Dios el Amo y Señor de todo el Universo ? Continué transpirando frío en la orfandad de mi lecho. ¿ A quién preguntarle tales dudas? ¿ Dónde escupir tanta angustia ? Desde entonces, a los nueve años de edad decidí darle la espalda a tanta incongruencia, ahora soy ateo libre y despojado de espinosos grilletes místicos. Veinte años después, sentí los deseos de convivir con mis paisanos, durante la representación de la crucifixión de Jesús allá en un árido cerrito del barrio de Iztapalapa, en mi natal Ciudad de México. Era el año de 1977, cuando yo empleaba para capturar mis imágenes dos cámaras fotográficas con rollos de negativos 35mm; además dentro de mi maletín solía llevar un flash, junto con lentes largos y cortos. Enterado estaba yo que desde la víspera la multitud comenzaba a llegar, así que a mi destino arrivé temprano, sin embargo, los rayos del sol pronto comenzaron a flagelarme atravesando mi sombrero de paja, la sed no tardó mucho en mortificarme, pero a pesar de que en dicha fecha en Iztapalapa prolifera toda clase de vendimia, me abstuve de ingerir líquidos debido a la escasez de baños públicos en la cima del montículo, a donde la muchedumbre siguió a los ciudadanos con rudimentarios atuendos de aquella época, personificando a los inmisericordes centuriones flagelando a Jesús, mientras algunos de sus apóstoles, madre y compañera María Magdalena lo seguían en el doloroso viacrucis de aquel desdichado soñador judío. Debido a que yo solía cargar mi maletín pendiente de mi hombro, no tardó mucho tiempo para que los apretujones lastimaran mis costillas, así que opté por colgarlo de mi cuello sobre mi pecho. El temor de morir aplastado me afligía, era casi imposible retratar a Jesús clavado a la cruz, hice varios disparos. Desgraciadamente después de revelar los rollos en mi laboratorio, no encontré satisfacción en ningún encuadre; la bonita muchacha que había personificado a María Magdalena llorando al pie de la cruz, apareció fuera de foco debido a los empujones; esta es la razón, por la que en la actualidad decidí mejorar aquella precipitada imagen… capturada en la inolvidable Iztapalapa.
©Manuel Peñafiel - Fotógrafo, Escritor y Documentalista Mexicano.
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