PÉYOTL DEL DESIERTO ©MANUEL PEÑAFIEL, FOTÓGRAFO, ESCRITOR Y DOCUMENTALISTA MEXICANO.
Péyotl del Desierto
©Manuel Peñafiel, fotógrafo, escritor y documentalista mexicano
Endeblemente conservado por resistentes y escasos sobrevivientes, Real de 14 es un fantasmal y raquítico pueblo, antaño importante centro minero explotado por los depredadores ibéricos que invadieron México en el siglo 16 traídos por el genocida encumbrado Hernán Cortés. Hace décadas al agotarse los minerales, la gente emigró con los bolsillos vacíos y la esperanza desgastada, abandonando sus hogares que permanecieron ahí con los tejados desprendidos por la cruel pobreza. Las desnudas bardas y paredes semejan el esqueleto arcaico de gigantesco animal insólito perecido en tétrica agonía. En el cementerio yacen irredentos de justicia, los restos de indígenas que obligados por el látigo de los tiranos españoles hallaron la muerte bajo los derrumbes de las minas, o fallecieron carcomidos por la anemia y las enfermedades. El dueño del mesón a donde llegué, al enterarse de que pretendía acampar en el desierto, me recomendó cuidarme de las serpientes. Son muy grandes me previno. La mente es impredecible archivo, al escucharlo hablar recordé a una empleada doméstica que trabajaba en casa de mis abuelos maternos cuando yo era niño, la vieja sin duda gozaba atemorizándome; Zenaida relataba siseando entre desdentada mandíbula que en su tierra natal Michoacán las sierpes se acercan olfateando el jacal, donde alguna madre amamanta al crío, sigilosamente dentro, el reptil se endereza mirándola obstinadamente para hipnotizarla prendiéndose al pezón disponible, la mujer sumida en abismal trance afloja los brazos dejando caer al bebé, cuyo llanto logra despertarla; al ver alejarse al satisfecho reptil con rastros de leche en el hocico, horrorizada comprende lo sucedido. Algunos bebés mueren con el golpe, otros fallecen de hambre, a muchas se les secan los pechos con el susto, concluía narrándome aquella mujer obscura. Ahuyenté aquellos mórbidos relatos para continuar charlando con el propietario del mesón, quien me informó que para hallar la plantita que yo buscaba, sería imposible llegar conduciendo mi camioneta, se ofreció a cuidar de mi vehículo mientras yo continuaría a pie. El trayecto fue áspero, era necesario constante esfuerzo para no resbalar sobre aquellas agudas piedras limadas por las centurias. Conforme me introducía al desierto, el silencio parecía aplastarme. Me sentía diminuto en medio de aquellas montañas erosionadas, altas como mis temores. Hirsutos arbustos sobre la ardiente grava se alzaban retándome a continuar. El cielo era azul añil intenso, impecablemente inmisericorde, carente de vapor en su semblante, egoísta en prodigar alguna reconfortante sombra. Arribé a un deprimente caserío. Todo estaba cubierto de polvo, las casas, los magueyes, los perros, los rebozos de las mujeres, inclusive los sombreros de los hombres. En un diminuto estanquillo pedí cerveza obscura, el hombre tras el mostrador me extendió una botella al tiempo, me dijo que no la bebiera fría para evitar los retortijones, de todos modos aquí no hay refrigeradores, agregó. Pensé que se burlaba al reconocer mi facha de inexperto citadino, sin embargo, hablaba con buena intención; afuera el calor masticaba a la monotonía. Algunos niños se acercaron curioseándome sin el menor recato. Mirando la mochila colgada a mi espalda, uno de ellos preguntó: ¿ Qué tanto carga ahí ?. Tones para los preguntones, respondí. Sus amigos jocosamente se retorcieron en chimuelas carcajadas. Con un susurro, le pregunté al hombre atrás del mostrador, si acaso conocía a alguien que me vendiera peyotito. Después de una propina, accedió a darme discretamente las señas para hallar determinada casucha, la cual hallé siguiendo una callejuela tan angosta como las posibilidades de progreso en mi México rural. Los transeúntes que pasaban a mi lado eran marchitas figuras de reseca resignación, desprovistos de humanidad, prematuros residuos carentes de vida en sus entrañas. Los individuos portaban sombreros ajados por el aburrimiento, las mujeres carecían de mirada, sus rostros eran de piedra piel frustrada, andaban con una mano sujetando ya fuera a un escuálido hijo desnudo de la cintura para abajo, o llevando del brazo una canasta de granulada desilusión, sin excepción, todas ellas se tapaban la nariz con su rebozo para no aspirar la tierra levantada por el impertinente vientecillo. Regresé trayendo mi preciado botín dentro de un morral, le extendí arrugado dinero de papel al dueño de la tienda para que me vendiera cigarrillos y mezcal, refunfuñó diciéndome que el billete era grande y no tenía cambio, respondí que lo sustituyera por golosinas para los chiquillos, aguardé hasta que se ajustó la cuenta, ellos me acompañaron un buen trecho, el grito de una mujer llamando a uno de ellos, los obligó a volver de carrera al pueblo. Anduve lo suficiente para alejarme de aquella aldea de raquíticas ilusiones. Al llegar al cauce seco de un río, decidí ahí mismo acampar. El paraje era inhóspito, dormiría sobre las nada hospitalarias piedras, así que con el machete corté algunas ramas para confeccionar un rústico colchón debajo de la tienda de campaña. Las piernas me dolían por la ardua caminata. Abrí algunas latas de comida, no tenía apetito, pero era conveniente cenar algo. Salí de la tienda para mirar con beneplácito la recompensa que había obtenido, ahí dentro me aguardaban aquellos misteriosos objetos redondos y verdes. Esas son las cabezas del péyotl, dijo una voz, dirigiéndose expresamente a mí, el temor apretó con su
garra a mi estómago, la piel se me erizó. ¿ Quién eres tú ?, le pregunté a un niño aparecido de la nada, su aspecto era endeble, pensé que era alguno de los muchachitos que había encontrado en la miscelánea del pueblo que había quedado atrás, pero no era así, seguro no representa amenaza alguna, me dije a mí mismo, pero....¿ y si viene acompañado de alguien más para robarme ? No tenga miedo, contestó leyendo mis pensamientos, o simplemente mi rostro acentuado por el creprúsculo delató mi desconfianza. Aquel labrador, cantero, pastorcillo o lo que fuera, me sorprendió al desenfundar un afilado cuchillo demasiado grande para alguien de su edad, y sin decir palabra extendió la mano en ademán para que yo le diera los peyotin, los cuales con pericia partió en gajos. Tienes que masticarlos, cuidándote de no espinarte. Ahora él me tuteaba, con la actitud de alguien que se dirige a inexperto novato. Es como mascar caña de azúcar, luego arrojas el bagazo, solo que está muy lejos de parecerse al sabroso dulzor, me advirtió sonriendo. Tomé el péyotl, se veía inofensivo, lo introduje a mi boca y apreté los dientes, sus jugos salieron en diminuta avalancha dispuesta a amonestarme por el atrevimiento de haberlo mordido. El sabor fue tan violento que estuve tentado a escupirlo. Era amargo igual a la cobardía no aceptada, sin embargo, también era nauseabundamente dulzón como el desprecio disimulado. Con esfuerzo tragué a mi castigada saliva. Deposité su piel en mi mano y la arrojé a su origen, el péyotl es carne del desierto. Aquel niño estaba muy pendiente de mí, preguntó si apetecía agua. Negué con la cabeza. Miré a las cuatro retadoras cabezas de peyote que aún quedaban por ingerir, según la dosis asignada por aquel espontáneamente etéreo guía indígena. Una a una, pausadamente las mastiqué, luchando contra las náuseas que me producía su fornido sabor. Para evitar el vómito, aspira hondo, no seas coyón, me amonestó el inesperado visitante. Me vinieron ganas de orinar, al hacerlo temí que las piedras mojadas se disgustaran conmigo, estaba hondamente consciente de la noble naturaleza que durante siglos ha mimando con bondades a los seres humanos, apáticos e ingratos. Tuve la sensación de ser rechazado por aquel lugar que me sofocaba con silencio ígneo. El estómago lo tenía revuelto. El viento comenzó a escucharse metálico, igual a navajas de arrepentimientos. Miré al desierto que estaba iluminado por la luna. Caminé arrastrando los pies, luciérnagas de plata me deleitaron con su irrepetible coreografía, me aproximé a las voces del silencio, escuché ladridos entre los planetas, el vuelo del sollozo despeinó a mis cabellos, los códices de consuelo se borraron sin respuesta.
¿ Estás bien ?, inquirió aquel niño de espuma arcaica. No hubo necesidad de responder, nuestras miradas se cruzaron, los dos desciframos en ellas, lo mucho que amábamos a los laberintos de la introspección. Nuestros pensamientos estuvieron ligados por un instante, durante el cual, nos dijimos muchas cosas en idioma sin diccionario para los intrusos. Sentimos el vacío dejado por nuestros fallecidos padres, sin embargo, nos reconfortamos al sabernos amigos de la desnuda reflexión, aquella que evitan los que no se atreven a contabilizar los yerros y aciertos cometidos en esta caricatura llamada existencia. Sentí ganas de jugar con mi gran compañerito, quise preguntarle si traía canicas, un yoyo, o algún trompo de caracol y oro, pero comprendí que él estaba desprovisto de cualquier rastro de ingenua infancia, me recordé a mí mismo, empapado por el amargo caudal de un hogar resquebrajado, infancia cueva de miedos cenizas de luz; llegaron a la memoria mis solitarias caminatas por el patio del kindergarten, incapaz de socializar con aquellos condiscípulos que se entretenían tan fácilmente dentro de un cajón de arena, construyendo absurdos montoncitos, pensé en los parientes diluidos en la muchedumbre, ninguno fue prominente, me hubiese gustado convivir con algún personaje consanguíneo y aprender de él; hipócritas evasores de comprobados crímenes, la mayoría de mis familiares se arrodillan ante el Vaticano, nauseabundo escondrijo de sacerdotes violadores de niños. El precio de la creatividad es rumiar la individualidad, atenazándola con decididos dientes, tal y como lo había hecho con el estupendo cacto peyote. Intenté decirle a mi camarada: ¡ Oye, tú y yo tenemos algo en común ! Las circunstancias nos envejecieron prematuramente, sin oportunidad para jugar, la pobreza te obligó a trabajar, y mis tardes infantiles fueron secuestradas por maestras y profesorcillos holgazanes, agobiándome con densas tareas escolares después de clases para resanar su negligencia pedagógica en el aula, el catecismo católico me sembró insomnio con sus infernales amenazas, aún así, no nos marchitaron, y con el tiempo nos transfiguramos en niños otra vez, flores de roca perfumada. Pero, cuando me disponía a darle las gracias a aquel peculiar infante anciano, no fue posible detener su silueta alejándose hasta perderse en la irresoluta incógnita. Continué caminando en la noche sin temor a extraviarme, sabía que si regresaba por aquel cauce ribereño encontraría mi campamento. El tiempo se deslizó sin darme cuenta, el frío me obligó a volver. Me introduje a la bolsa de dormir, al subir la cremallera tuve la sensación de estar embalsamándome. La espesa obscuridad era violada por el insolente rebuznar de necios burros en la lejanía, pensé que tendrían revuelto en el pelambre diabólico azufre junto con escamas de perversidad eclesiástica, en mi mente volaron sardinas de arena raspando la garganta de un adulto que aún no había llorado lo suficiente para descargar pesares, luego vino el miedo a no morir completamente, la paranoia de ser devorado por los propios pensamientos. La ansiedad machacó los momentos, antes de soñar con iracundos gatos amarillos. Aquella noche en el desierto no dormí bien. Mis ojos se inundaron con ultrajantes fantasías. Me debilité como la espina que se pincha a si misma. Escuché peregrinaciones aborígenes portando marchitas flores con pétalos de lija y piedra pómez. Me arrastré entre arrecifes de preguntas, aspirando conclusiones en sarcófago volátil, mastiqué temores hasta comprender que aquel que no intenta explorar, será inerme larva aplastada bajo la suela de la oportunidad perdida. A la mañana siguiente, la tienda de campaña me parió desnudo, aquella agreste inmensidad desértica golpeó mi ánimo. Sentí necesidad de retornar a mi natal Ciudad de México. Volví al caserío, donde estaba el estanquillo para preguntar si por ahí pasaba algún camión de pasajeros, carecía de la energía para volver andando hasta Real de 14. El dueño se encontraba acomodando cajas con botellas de licor, el alcoholismo es una adicción nacional; sin voltear, exclamó: ¡ Veo que la plantita no lo trató bien ! El confianzudo sujeto lanzó eso tan inesperadamente, que me avergoncé ante los demás clientes de aquel tendajón. No es eso, titubeé al responder: Sucede que dejé asuntos pendientes. Los hombres que bebían cerveza me miraron por el rabillo del ojo. Sabían que yo mentía, pero no hablaron; a esos rudos hombres que más les daba, si el péyotl había asustado a un frágil citadino con guardarropa limpio aguardándolo al llegar a su departamento. Transcurrió un instante para que de nuevo el desierto hiciera su llamado, fue algo indescriptible, los ahí presentes quedaron fuera de mi paisaje personal, ningún sonido escuchaban mis oídos, solamente un zumbido emanando un definitivo Sí, era una larga afirmación encrespada, igual a la cordillera que nos cruza dentro a todos los seres humanos, y que pocos se atreven a escalar. Volví al jacal donde antes había adquirido las cabezas de péyotl, al salir de ahí, me percaté que tampoco aquella vez el vendedor me había mostrado el rostro, no era que lo ocultara, lo que hacía no era ilegal, diversas etnias emplean el péyotl en sus ceremonias religiosas, sin embargo, cobré consciencia de que entre él y yo no había surgido diálogo alguno, ni siquiera recordaba que me hubiera indicado el precio, al salir de aquella casucha noté su apariencia deshabitada, toqué a la puerta para cerciorarme, pero fui ignorado, en aquellos parajes existen seres a los que uno no está habituado. De vuelta al sitio donde el día anterior había acampado, aguardé el crepúsculo para engullir al poderoso peyote, esta vez, su sabor no me tomó desprevenido. A pesar de todo, tuve que contener la náusea, el malestar fue desapareciendo. Permanecí charlando con la luna, su ancha luminosidad proyectaba sombras que me hicieron compañía, con las manos comencé a formar siluetas de animales sobre el suelo, jugando adivinanzas para ver si algún aparecido atinaba lo que eran. Reí mucho comiendo barras de chocolate. Al tercer día, resucité de entre los muertos pensamientos. A la puesta del sol, ingerí péyotl otra atrevida vez, sus efectos me ayudaron a reconciliarme con aquel lugar que ya no me resultaba hostil, platiqué en susurros trasnochados con los sonidos juveniles de un búho que nunca se dejó ver. Mi cuerpo me invitó a caminar. El desierto despedía intrigantes resonancias. De las montañas provenían cánticos surgidos de grutas con pétreos intestinos. Me separé de las ideas. Caminé solo. Al andar, las cabezas de péyotl que había guardado se movieron dentro de mi pantalón, en ese momento pensé en ellas con afecto. Quise recapacitar acerca de mis emociones, no había duda, lo que experimentaba por aquellas cactáceas era cariño. Metí la mano al bolsillo para palparlas, me sentí acompañado. En el seco lecho del río, las piedras boludas iluminadas por el reflejo lunar daban la impresión de que ahí se había desprendido un collar de enormes cuentas dispersadas por los siglos. Mi vista se hizo flexible y sinuosa, capaz de recorrer los contornos del cauce ribereño. Las pupilas dilatadas recorrieron aquel sendero durante miles de kilómetros hasta llegar al océano. Mis ojos bajaron a titánicas cavernas submarinas, donde el océano inscribió los códices de la vida. Mis zapatos escurrían cuando volví de las olas hacia la tienda de campaña, afuera dejé las mojadas huellas de un niño anfibio. Me sentí aprisionado, salí de nuevo al paseo nocturno. Aunque el terreno era pedregoso, mi andar era preciso y suave. Llegué a una hondonada, donde me detuve ante un montículo que daba la impresión de una tumba. Me recosté encima de ella. La dura grava se amoldó a mi cuerpo. La peregrinación avanzaba lentamente. Los cirios pestañeaban. Era mi sepelio. La noche se ampulaba con escalofríos. Sobre sus hombros llevaban el ataúd que se contoneaba en un susurro rasgado por las lágrimas. Los niños angustiados de mi mente por fin dormían. La ansiedad había quedado atrás. Mis erráticos pasos envueltos en seda blanca finalmente hallarían reposo. Con los ojos cerrados esperé a que la dulce tierra me cubriera. No había razón por la cual sentir temor. La muerte ya no me asustaba.
La última noche después de exprimir mucho péyotl dentro de mi boca, deambulé por el desierto acompañado esta vez por toda clase de presencias, el destello lunar clareaba todo alrededor, se podían vislumbrar las siluetas y perfiles de los entes del universo oculto, les rogué que no me impidieran el paso hacia los vericuetos de la reflexión. Los seres de humo y guiños sonrieron indescifrablemente haciéndose a un lado para que yo pudiera transitar espontáneamente, entonces me topé con un nopal marcado con los insultos de alguien que lo había rasgado con rencoroso punzón. El sitio despedía espeso odio, por lo que decidí alejarme. Después de largo trecho tuve deseos de descansar. Las piernas las sentía remisamente pesadas, dándome a entender: Camina sin nosotras, emplea los tentáculos del pensamiento. Me recosté otra vez sobre el suelo arenoso. Con los ojos cerrados permanecí sobre aquel lecho de guijarros, mientras conceptos abstractos recorrían los pensamientos. Mi intelecto, preguntó: ¿ Qué es el éxito en la vida ? Seguido de esto, visualicé una valija, mentalmente la abrí, en su interior encontré otra idéntica, solo que de menor tamaño. Abrí la segunda maleta para encontrar de nuevo otra. Continué abriendo, hallando siempre otra de menor tamaño, hasta que obtuve una maletilla de ridículas dimensiones. ¿ Esto es el éxito ?, me dije. Algo que la mayoría de la gente anhela, y al momento de creer haber hallado lo buscado carece de valor, como aquel insignificante maletín sin la menor utilidad, sin lugar suficiente para guardar espejismos como el de la familia; muchas creen que la maternidad las hará sentirse plenas, pero en la mayoría de los casos, cuando los hijos abandonan el hogar los matrimonios que los engendraron se hallan hartos uno del otro. Muchas veces, éxito es sinónimo a fracaso, el empresario millonario es un fraude como padre, y aquellos hombres que no prosperaron económicamente por mal o bien atender a sus descendientes, reciben despectiva mueca por no haberlos provisto de mayor comodidad financiera. Las familias laberintos sin salida, escenografía social, maquillaje de risas entre sonoros brindis durante los fines de semana. Abrazos de fin de año con ganas de volver a casa. El peyote entró verde a mi metabolismo, no hubo combate, ni contradicción, soy de hierba buena y mármol, los jugos del cactus lubricaron aún más mi mecanismo humedecido con nubes de vainilla, sentí la grava encajándose a mi dermis, mudé de piel igual que un reptil reinando sobre la majestuosidad desértica, con las estrellas luminosas tejí una corbata que aún palpitaría sobre mi pecho a pesar de duelos y traiciones, hablé con el silencio, y sobre la desnuda tierra escribí con la punta del dedo mis propias ecuaciones para la supervivencia, compuse melodías sobre impalpable partitura, donde solamente los privilegiados logran leerlas para entonarlas, hace falta temple para alejarse del grotesco carnaval social, marionetas minusválidas, torpes focas desprovistas de vital oleaje. La mente es horno similar al de una metalurgia , indispensable es introducirle combustible con nuestros cinco sentidos impecables, ningún vegetal, droga, licor o estimulante químico encierra magia alguna, nosotros somos libres hechiceros, solamente se requiere pulir prodigiosa varita girando un torno lubricado con esperanzadas lágrimas.
Mis experiencias con el péyotl fueron de audaz pagano, aún así, se portó bondadoso conmigo. Este misterioso cacto fue venerado por nuestros antepasados indígenas aborígenes, de ninguna manera es una conexión divina, pero así lo creían ellos inclusive en la actualidad así lo veneran, en realidad, es nuestra mente humana la que comienza a rebosar espoleada por este fascinante cardo que amplía la capacidad sensorial y perceptiva, las ideas se hacen carne cruda, las cavilaciones muelas para devorarla, la introspección es tan profunda que algunos se asustan al mirarse dentro de sí mismos. El péyotl expande la grandeza cósmica que existe en el cerebro humano, no es ventana para ver o hablar con el inexistente gran espíritu o dioses imaginarios, tampoco es oráculo para adivinar el futuro, el péyotl es un detonador que estalla en luminiscencias inimaginables, es la cúspide desde la cual abalanzarse al vacío, y en riesgosas piruetas uno puede vislumbrar que la galaxia está dentro de nosotros mismos.
Los eventos aquí narrados, los atesoro con agradecimiento hacia mis paisanos indígenas impalpables, a quienes conocí mediante la lectura de su filosofía poética, sin estar ahí corpóreos, ellos derramaron cortesía hacia mí, tejiendo con murmullos aquel capullo protector en el riesgoso desierto azul donde no sufrí rasguño alguno, corrí con buena suerte, algunos en cambio, han quedado sepultados bajo derrumbe psicológico ocasionado por erosionada personalidad. Fatigado para regresar a pie a Real de 14, opté por treparme a una destartalada camioneta de transporte que pasó por ahí; de vuelta en el mesón alquilé una habitación con urgencia por darme un baño, el agua caliente jamás salió de la oxidada regadera, aún así, bajo el chorro frío apresurado me deshice de mi caparazón de mugre aventurera. Al otro día, después de disfrutar de un copioso desayuno, conduje mi camioneta hasta la Ciudad de México. Todo esto sucedió en el año de 1979, hace más de cuatro décadas atrás, la experiencia permanece fresca, el discernimiento se robusteció. La tecnología ha alcanzado maravilloso desarrollo, sin embargo, el abuso al recurrir a ella ha idiotizado a millones de personas atrofiándoles la sensibilidad, el paisaje ya no es admirado, son pocos los que miran hacia las nubes, jamás perciben la brisa tímida, o escuchan a los pájaros trinar su derrotero en la madrugada. En el siglo 21, las mentes de incontables niños se violentan en los vericuetos bélicos de los videojuegos y las tabletas digitalizadoras les han hurtado la imaginación; millones de personas no soportan estar a solas consigo mismas, necesitan pertenecer a la tribu de las redes sociales, ansiosamente contactan a los demás enviando intranscendentes comentarios con la redacción y ortografía de simios amaestrados; cuando observo en la mesa de algún restaurante al malencarado supuesto jefe de familia hurgando notificaciones en el teléfono móvil, mientras sus hijos sonríen con expresión bovina con los soeces mensajes enviados por sus amigos mediante el celular, y la madre permanece con malhumorado rictus bebiendo aperitivos para apaciguar su hastío; acude a mi mente aquella meditación en la cual apareció la minúscula maleta simbolizando " el éxito en la vida ", y entonces concluyo: Las familias maltrechos nidos colgando de carcomidas ramas en un bosque de disimulado fastidio cotidiano.
©Manuel Peñafiel Fotógrafo, Escritor y Documentalista Mexicano.
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