LUZ DE LUNA - ©MANUEL PEÑAFIEL, FOTÓGRAFO, ESCRITOR Y DOCUMENTALISTA MEXICANO.
Luz de luna
©Manuel Peñafiel, fotógrafo, escritor y documentalista mexicano.
El niño entró corriendo al jacal, donde su madre estaba echando las tortillas al comal. ¡ Mamá!, ¡ mamá! Allá afuera está tirada una mano. La mujer enderezó su rollizo cuerpo y suspiró, ¿ de qué hablas mocoso? ¡ Yo venía de regreso de la escuela, cuando ví que los marranos se estaban peleando por algo, así que me acerqué al magueyal cerca del tiradero de basura y ahí estaba ! ¡ Los puercos estaban devorando el cuerpo de un recién nacido y el chancho macho traiba una mano en el hocico ! Te voy a dar una tunda por mentiroso. De verda’ jefecita que lo que le digo es cierto, si no venga conmigo para que se desengañe. La madre del niño se quitó el delantal, se echó el rebozo encima y salió siguiendo al muchacho. Cuando llegaron al magueyal, en efecto, los guarros se traían una trifulca, así que la mujer les arrojó piedras para dispersarlos.Abrió los ojos como platos, entre las inmundicias se encontraban los restos de una bebita recién parida. Los puercos la habían estado devorando, aunque no habían dado cuenta de toda ella. La mujer no pudo contener las náuseas, vomitó detrás del tronco de un árbol huizache. Tenemos que avisarle al alguacil, le dijo angustiada a su hijo. El alguacil tardó en llegar para inspeccionar la zona, después le ordenó a su ayudante que recogiera aquellos despojos humanos. ¿ Dónde los pongo, jefe ? preguntó el subalterno. ¡ Me carga la tiznada contigo, córrele a buscar un costal, o lo que sea ! Hazlo rápido, mientras voy a avisarle al párroco para que le de cristiana sepultura a esta infelíz criatura. El alguacil regresó más enmuinado de lo que se había ido, su ayudante no se atrevió a preguntarle qué harían con aquellos despojos; finalmente se enteró, cuando el alguacil escupió sobre la tierra al tiempo que maldecía: ¡ Carajo con estos sacerdotillos inútiles y codiciosos, nomás sirven para pedir dinero y cuando uno los necesita, salen con sus pretextos ! Así que a la chiquilla no la podemos enterrar en el campo santo, que dizque porque no fue bautizada. Bueno, pues de darle reposo me encargo yo. Echándose el costal a la espalda el alguacil le ordenó a su asistente que fuera por una pala, y que lo alcanzara en la loma. El ayudante sudaba copiosamente, mirando de vez en cuando a su jefe con la esperanza de que lo relevara de su tarea, pero el alguacil sin inmutarse sacó un cigarrillo ovalado sin filtro, después de encenderlo le dijo a su achichintle, ¡ ándale, no te hagas buey, aún te falta cavar para llegar a los tres metros que es lo reglamentario para una sepultura. El sol caía cuando las últimas paladas de tierra cubrieron al mutilado cadáver. A mí ya se me olvidó rezar, susurró el comisario, pero si hay un Dios que me esté escuchando, le pido que se apiade del alma de esta chiquilla. ¿ Quién soy yo para hablarte de esta manera Todopoderoso ? ¡ Pero no comprendo cómo permites estas cosas ! Juro ante la tumba de esta alma inocente, que he de hallar a quién la asesinó. Sospecho que esto lo perpetró una güila, dijo pensando en voz alta. El atolondrado ayudante se quedó con cara larga. El uniformado lo miró como si fuese un jumento, entonces agregó, ¡ Que si serás animal, una güila es
una cusca…una puta, vaya ! El muchacho se quedó en las mismas. El alguacil volvió a escupir sobre la tierra y refunfuñando exclamó: Una buscona, pelandusca, hetaira, ramera…una prostituta, ’ora sí ya me entiendes ?
Esa misma noche, el alguacil se dedicó a hacer indagaciones, visitó los antros donde solían ir los hombres a emborracharse en compañía de las prostitutas, no tardó mucho en que a una de ellas se le soltara la lengua con el mezcal. Fue la pinche Prosdocia, le dijo arrastrando la voz húmeda con aversión. Esa vieja estaba harto preocupada con su preñez. Durante meses trató de ocultar su barriga hasta que le fue imposible, entonces su padrote la golpeó hasta cansarse. La pateó para que abortara, pero la criaturita se aferró a vivir dentro de la panza de su madre. Su viejo al ver que seguía embarazada la amenazó con abandonarla, fue entonces que la desalmada se fue a aliviar atrás del magueyal, donde mesmamente dejó tirada a la bebé. Lo demás uste’ ya lo conoce, seguramente los cerdos la olfatearon y casi se la acaban a mordiscos. El oficial esperó inutilmente…esa noche Prodoscia no se presentó a fichar en la cantina. Al día siguiente, al uniformado no lo calentaba ni el sol. Preguntó por todos lados, pero nadie le pudo dar razón de la infanticida. En una de esas se topó con el padrote, el gendarme se lo llevó a la cárcel, donde lo molió a golpes con su macana, el vividor gemía suplicando que por favor no le pegara en la cara, pues sus viejas se enterarían de tal humillación. El alguacil haciendo caso omiso de su lloriqueo le desbarató la nariz de un puntapié. El alcahuete sangraba profusamente, parecía que iba a asfixiarse. Cuando el alguacil iba a darle con la cacha de su pistola, fue que lo detuvo su ayudante. No vale la pena jefe, no se vaya a perjudicar uste’ con la pena ajena. El alguacil recapacitó. Dale gracias a este muchacho que no acabé contigo. Lárgate de aquí. Si me vuelvo a cruzar contigo te meto dos balazos, uno en el pito y el otro en los testículos. Así que te me largas de este pueblo. El alguacil se puso su sombrero y le dijo a su achichintle, ven te invito un tequila. No fue una copa sino las suficientes para que los dos terminaran bien borrachos. El gendarme no cesó de hablar, su ayudante apenas lo escuchaba, pues los clientes no dejaron de poner monedas en la estridente rocola. Estoy harto de tanta mierda, farfullaba el alguacil, este pueblo es un infierno, donde los maridos despilfarran su quincena en la borrachera, y luego mediomatan a golpizas a sus viejas abandonándolas con todo y críos, los de la presidencia municipal se chingan todo el dinero de los impuestos. Ya me cansé de vivir en este mugroso agujero que se inunda de mierda todos los años cuando las lluvias saturan el drenaje, por eso los niños andan con la barriga inflada llena de no sé cuantos bichos y lombrices. Todos los muchachos ya se largaron pa’l otro lado cruzando la frontera a escondidas. Aquí ya solo quedamos los que toleramos esta vida gracias a una fumadita de marihuana por las mañanas, y un farolazo de aguardiente en las noches pa’ poder conciliar el sueño. Los meses transcurrieron, el alguacil se dedicó a su rutina, levantar borrachos, meter al bote a pendencieros y mariguanos vigilando que ninguna puta le rajara el rostro a otra en pleitos de sábado grupero.
Fue una tarde en que se estaba echando una siestecita en la comandancia, cuando una mujer se presentó a verlo. El alguacil todavía adormilado se incorporó para escucharla. Me llamo Prodoscia, yo maté a mi hija. Estoy aquí porque con esta culpa no me hallo tranquila en ninguna parte. Vengo a que me encierre y que la ley castigue mi pecado. Al escuchar esto el alguacil se despabiló de inmediato. Al tiempo que la conducía a la celda le dijo, mañana mismo mando dar parte al Ministerio Público de la capital del estado para que se proceda. Mientras vienen por tí, aquí te quedas. La noticia de que Prodoscia había vuelto se corrió en el chismerío del mercado. Las mujeres del pueblo se encargaron de sembrar la cisaña, las mojigatas hicieron otro tanto. Las resentidas esposas de aquellos hombres que visitaban los prostíbulos, se aferraron de esta oportunidad para desbordar toda su amargura y desquitar su odio en contra de las taloneras de la noche. Aquella desalmada hembra recibiría su merecido, fue así que se confabularon las frígidas e insatisfechas mujeres, y en tumultoso arranque llegaron a la prisión para exigir la cabeza de Prodoscia. Cuando el alguacil tratando de calmarlas, les decía que eso era asunto del juez, una pedrada lo golpeó en la sien. Al caer desmayado, las mujeres le arrancaron el llavero que portaba en su cinturón. Al ayudante no le quedó más remedio que hacerse a un lado, cuando la encolerizada muchedumbre irrumpió en la celda de donde sacaron a Prodoscia arrastrándola de los cabellos. A su paso la gente le propinaba patadas y lanzaba escupitajos. Aquella era una mujer desencajada por el terror. ’Ora sí piruja del demonio vas a pagar todas tus perfidias, le gritaron mientras le ponían una soga en el pescuezo, la cual pasaron sobre la rama más alta de una jacaranda en flor. Con la rasposa cuerda Prodoscia sintió como se le escoriaba la piel, la sensación le trajo a la memoria cuando de niña jugaba bajo los pirules y de las hojas cayó un azotador que le caminó por el cuello; la ponzoña del gusano le irritó de tal manera que le ardió como lumbre, sus recuerdos eran ardientes llagas, calientes había sentido las manos de su padrastro cuando la acariciaba, mientras su madre dormía. Cuando tuvo el valor de confesarle a su madre que su esposo abusaba de ella, la encolerizada mujer le reventó la boca de un revés, con barata rabieta le dijo que se largara de la casa. Mendigó en las calles hasta que conoció al vividor que la sedujo, para luego explotarla como prostituta.
Entre el griterío aquellos verdugos la izaron igual a macabra piñata, la reata apretó secamente, la tráquea se le hirió igual a las cañas abatidas con machete, a ella le gustaba ir a los cañaverales donde los peones solían regalarle algunas, le encantaba chupar aquel juguito azucarado, sin embargo, esta vez su boca experimentaba un sabor indefinido a sal y a trapo, no podía respirar, sentía que toda la cabeza la tenía llena de agujas, sus pensamientos hirvieron en estéril ansiedad, deseó poder cambiar el destino de su vida que había sido montón de retazos amargos, se preguntó por qué algunas personas vienen a este mundo a padecer horrores en ultrajada existencia, pero a su mente no llegó respuesta alguna, trató de invocar a Dios, pero su cerebro se encogió de tal manera que todo concepto divino cayó en insignificantes fragmentos, su pensamiento convertido en intangible serpentina se desvaneció en la estéril nada, en la insolente desaparición de la luz su ser se hundió en el barranco de la intrascendencia. A Prodoscia la ahorcaron, su lengua se salió igual a un trozo de moronga amoratada, le colgó como anguila ciega. Mientras sus desorbitados ojos miraban ya perdidos, la orina le escurrió por las piernas. Un zapato se le quedó puesto, el otro se safó con los estertores de su cuerpo, cuando el calzado con tacón desgastado cayó al suelo un perro flaco llegó a olfatearlo.Ya entrada la noche, el alguacil recobró el conocimiento. Fue su ayudante quien lo acompañó al sitio del linchamiento. El representante de la ley escupió a la tierra, luego dijo muy quedito…sin una escalera no la alcanzo. Mañana la consigo para bajar el cadáver de Prodoscia, a esta hora ninguna persona me la va a querer prestar. Los dos hombres se alejaron de ahí…mientras aquel cuerpo colgado permaneció bañado por la luz de la blanca luna.
©Manuel Peñafiel - Fotógrafo, Escritor y Documentalista Mexicano.
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Fue una tarde en que se estaba echando una siestecita en la comandancia, cuando una mujer se presentó a verlo. El alguacil todavía adormilado se incorporó para escucharla. Me llamo Prodoscia, yo maté a mi hija. Estoy aquí porque con esta culpa no me hallo tranquila en ninguna parte. Vengo a que me encierre y que la ley castigue mi pecado. Al escuchar esto el alguacil se despabiló de inmediato. Al tiempo que la conducía a la celda le dijo, mañana mismo mando dar parte al Ministerio Público de la capital del estado para que se proceda. Mientras vienen por tí, aquí te quedas. La noticia de que Prodoscia había vuelto se corrió en el chismerío del mercado. Las mujeres del pueblo se encargaron de sembrar la cisaña, las mojigatas hicieron otro tanto. Las resentidas esposas de aquellos hombres que visitaban los prostíbulos, se aferraron de esta oportunidad para desbordar toda su amargura y desquitar su odio en contra de las taloneras de la noche. Aquella desalmada hembra recibiría su merecido, fue así que se confabularon las frígidas e insatisfechas mujeres, y en tumultoso arranque llegaron a la prisión para exigir la cabeza de Prodoscia. Cuando el alguacil tratando de calmarlas, les decía que eso era asunto del juez, una pedrada lo golpeó en la sien. Al caer desmayado, las mujeres le arrancaron el llavero que portaba en su cinturón. Al ayudante no le quedó más remedio que hacerse a un lado, cuando la encolerizada muchedumbre irrumpió en la celda de donde sacaron a Prodoscia arrastrándola de los cabellos. A su paso la gente le propinaba patadas y lanzaba escupitajos. Aquella era una mujer desencajada por el terror. ’Ora sí piruja del demonio vas a pagar todas tus perfidias, le gritaron mientras le ponían una soga en el pescuezo, la cual pasaron sobre la rama más alta de una jacaranda en flor. Con la rasposa cuerda Prodoscia sintió como se le escoriaba la piel, la sensación le trajo a la memoria cuando de niña jugaba bajo los pirules y de las hojas cayó un azotador que le caminó por el cuello; la ponzoña del gusano le irritó de tal manera que le ardió como lumbre, sus recuerdos eran ardientes llagas, calientes había sentido las manos de su padrastro cuando la acariciaba, mientras su madre dormía. Cuando tuvo el valor de confesarle a su madre que su esposo abusaba de ella, la encolerizada mujer le reventó la boca de un revés, con barata rabieta le dijo que se largara de la casa. Mendigó en las calles hasta que conoció al vividor que la sedujo, para luego explotarla como prostituta.




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